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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 
Capítulo 10 

La muerte de Jesús 



Raymond Brown, considerado como un campeón de peso comple- 
to en todo lo referente al significado de la muerte de Jesús, y autor 
de una obra de 1.608 páginas, en dos tomos, hace una declaración 
sorprendentemente simplista acerca de la actitud de Jesús hacia su 
propia muerte: "Lo que los lectores con frecuencia no notan", dice Brown, en 
referencia a la agonía de Jesús en el Getsemaní, "es que Jesús le pide a Dios 
que lo libre del mismo destino que los discípulos rehusaron compartir, y por el 
cual él mismo los reprendió fuertemente". ' 

Es una tergiversación gravemente desafortunada de lo que ocurrió. ¿Cómo pue- 
de alguien que ha dedicado tanto tiempo al estudio de los Evangelios llegar a 
la conclusión de que hubo un momento cuando, con respecto a la muerte, 
Jesús y sus discípulos compartieron "el mismo destino"? Es una gigantesca in- 
comprensión de quién era Jesús y cuál era el significado de su muerte. 

Aquel viernes por la tarde, mientras Jesús agonizaba, colgado de una cruz roma- 
na, el mundo entero lo abandonó, y hasta Dios mismo pareció abandonarlo. "Eli, 
Eli, ¿lama sabactani? Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Ma- 
teo 27:46). Experimentó el sentimiento de la más completa vergüenza y el más ab- 
soluto abandono, una pasión que un millón de Mel Gibsons jamás podrían recrear. 
De hecho, enfatizar la sangre y el dolor es casi perder de vista lo más importante del 
sufrimiento del Salvador; porque la historia nos presenta un catálogo completo de 
individuos quienes, desde un punto de vista enteramente físico, sufrieron mucho más 
intensamente que Jesús. Pero ni uno solo, ni los seis mil millones de nosotros que 
caminamos hoy sobre la tierra, combinados, podríamos ni siquiera comenzar a 
igualar la intensidad del trauma psíquico y emocional que lo envolvió en aquella 
hora crítica. 

' Citado en Kenneth L. Woodward, "The Death of Jesús", Newsweek, 4 de abril de 1994. p. 40. 
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La pieza central de la expiación 

En teología, la muerte de Jesús se encuentra en el mismo centro de la expiación, 
tema que ha ocupado el pensamiento de todos los teólogos a través de los siglos, 
conduciendo a varias "teorías" en cuanto al significado de su muerte. No tratamos 
tales detalles aquí, pero a ñn de llegar a lo que sigue en estas reflexiones, llamo 
la atención a una declaración de Byron E. Shafí'er, de la Iglesia Presbiteriana Rut- 
gers de Nueva York, comentando el significado de la muerte de Jesús, y en reacción 
a la sensacional película. La pasión de Cristo, de Mel Gibson. 

Según Shaffer, "la misión y el propósito de la vida y el ministerio de Jesús fiíeron, 
primero, constituirse en un modelo para la humanidad de la plenitud de la mise- 
ricordia y el perdón que Dios ofi'ece a los pecadores; y, segundo, ser un modelo 
para nosotros de la perfección del amor de Dios y aquellos que aceptan el 
perdón están invitados, por la gracia de Dios, para llegar a amar así". "No es la 
muerte de Jesús la que puede salvarnos, sino su vida". 

Estos son, ciertamente, sentimientos piadosos; pero en el fondo sugieren que la 
muerte de Jesús, como tal, no logró nada con respecto a la salvación humana. 
Más bien, fue su vida la que fue importante. En última instancia, es la vieja te- 
oría del "modelo" o ejemplo, de la expiación, preconizada por Pedro Abelardo 
en la Edad Media. Como Biema lo resumió para los lectores de la revista Time, 
"Abelardo comprendió la muerte de Jesús, menos como un pago a Dios por la 
remisión del pecado de la humanidad, que como el ejemplo cumbre de su per- 
fecto amor. Era en imitación de este amor que la humanidad podía vencer su 
alienación del Padre". 

Muchos han notado una relación entre las diversas explicaciones de la expia- 
ción y el particular marco cultural que les dio prominencia. Sin pretender hilar 
demasiado fino, podemos decir que, como regla general, las teorías del "mo- 
delo" surgen de culturas más afluentes; entre gente de bien, económicamente 
independiente, quienes nunca tuvieron que luchar mucho para ganarse la vida. 
Ajenos a las condiciones de pobreza extrema, y con mucha confianza en sus 
propias habilidades, transfleren inconscientemente estas actitudes a la dimen- 
sión espiritual, encontrando fácil imaginar (en medio de su propia suficiencia) 
que todo lo que necesitan es un buen ejemplo, y simplemente la ayuda mínima 
que necesitan para elevarse al requerido nivel de desarrollo espiritual. 



He escrito en otra parte acerca de este tema. Véase Roy Adams, £/ Santuario (Bogotá: Asociación Publicadora Interamerica- 
na. 1998). pp. 124-137. 

^ Citado en David Van Biema, "Why Did Jesús Die?", Time, 1 2 de abnl de 2004 p . 59. 
''/b/y.p.61. 

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Pero la Biblia tiene un punto de vista de la condición humana completamente 
libre de componendas, y no toma en cuenta el grado de educación, la cultura, o 
la afluencia. Ningún ser humano es justo, dice Pablo, en una amplia percepción 
del pecaminoso predicamento en el que nos encontramos. Todos nosotros "nos 
desviamos"; todos nos hicimos "inútiles"; nuestras gargantas son "sepulcro 
abierto"; nuestras lenguas hablan "engaños"; estamos llenos de "maldición y 
amargura"; y "no hay temor de Dios" en nosotros; el mundo entero no conoce 
el "temor de Dios" (Romanos 3: 9-19). 

Para Pablo, la condición humana es crónica, requiere mucho más que un buen 
ejemplo para arreglarla, para sanamos de nuevo: concepto que va radicalmen- 
te contra la corriente en la cultura occidental desde el Siglo de las Luces. Com- 
pletamente influidos (consciente o inconscientemente) por la posición evolu- 
cionista de Darwin, preferimos vernos haciendo buenos progresos naturalmen- 
te. ¡Y si Jesús viene para añadir algo de incentivo, mucho mejor! 

La Biblia nos presenta un cuadro diferente 

De acuerdo con la Escritura somos depravados, estamos desesperados, y com- 
pletamente indefensos; tan desesperados e indefensos como aquel hombre del 
Estado norteamericano de Virginia de quien leí hace poco, que cayó en la letri- 
na una hermosa tarde de verano. 

De acuerdo con la historia, el conserje jubilado, Coollidge Winesset, de la zona 
rural del Estado de Virginia, volvió a su casa un agradable día de verano, y an- 
tes de sentarse en el porche fue al baño exterior que estaba en el patio de atrás. 
Pero el piso de la estructura, que ya tenía cincuenta años de uso, colapso, 
atrapándolo durante casi tres días en el fondo de la horrible fosa. 

Suspendido por encima de la "inmundicia" por una especie de retén, con "su 
cuerpo retorcido e inmovilizado" y con los clavos de la estructura colapsada 
clavándose en su carne, Winesett experimentó el horror añadido de tener que 
luchar con gusanos, culebras, arañas, y ratas. Desesperado, oró: "Señor, por fa- 
vor, no me dejes morir así". 

"Grité hasta que se me acabó la voz", dijo, pero nadie escuchó. "Entonces, 
cuando ya había llegado al límite de sus fuerzas, escuchó las pisadas de Jimmy 
Jackson. El cartero Jackson, notando que la correspondencia de Winesett se es- 
taba acumulando, fue al patio de atrás de la casa para investigar. Siguiendo la 



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pista de un débil sonido, encontró al hombre parcialmente paralizado "doblado 
sobre sí mismo y alucinando en la fosa", y pidió ayuda. 

A semejanza de Winesett, todos estamos hundiéndonos en una fosa abismal: 
paralizados, indefensos, y completamente incapaces de hbramos por nuestra 
propia fuerza. En nuestra desesperada situación necesitábamos más que un 
buen ejemplo; necesitábamos, si gusta usted, ayuda tangible exterior a noso- 
tros; y eso fue lo que la muerte de Jesús hizo por nosotros. Como Jackson, el 
cartero, Jesús nos encontró en nuestra necesidad extrema y, como aquel equipo 
de rescate, nos alcanzó en nuestra abyecta necesidad y nos levantó del fondo de 
la maloliente fosa. 

Se requirieron poderosas acciones para rescatarnos, dice Pablo. Requirió "re- 
dención", "redención que se produjo a través de Jesús". Y para nulificar toda 
idea de que Jesús no era más que un ejemplo moral, Pablo expresó esta signifi- 
cativa sentencia: "A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en 
su sangre" (Romanos 3:24, 25). 

Eso era lo que necesitábamos. Y eso fue lo que Caifas, en su torcida interpreta- 
ción, reconoció, cuando dijo: "Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos con- 
viene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca". Lue- 
go sigue el inspirado comentario de Juan relacionado con las crípticas palabras del 
agitado líder rehgioso: "Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo 
sacerdote de aquel año, profetizó que Jesús habría de morir por la nación; y no so- 
lamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que 
estaban esparcidos" (Juan 1 1 :49-52). 

El episodio completo expone de la manera más explícita que la muerte de Jesús 
fue vicaria: ofrecida en lugar de la nuestra. Y la ironía aquí es que la afirma- 
ción vino de labios del dirigente religioso de más alto rango, quien se encontra- 
ba en oposición directa con el mensaje y la misión de Jesús. Cualquier otra co- 
sa que el incidente enseñe, no hay aquí ninguna indicación de que la muerte de 
Jesús fue para proporcionarnos una demostración de su suprema obediencia a 
Dios. Todo lo que dice el pasaje es que Jesús murió por el pueblo: en lugar del 
pueblo, para que no tuviera que afrontar la muerte eterna. 

Cómo lo enseña la Biblia 

Hay un sentido en que en verdad somos salvos por la vida de Jesús: "Porque si 
siendo enemigos", dice Pablo, "fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su 

Graeme Zielinski. "God. Don't Let Me Die Like This," Washington Post, 18 de agosto de 2000. p. 1 . 
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Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida" (Romanos 
5:10). Pero estoy seguro que Shaffer (y todos los demás que defienden el punto de 
vista de Abelardo) no se sentiría cómodo con la primera parte de ese mismo texto. 
Porque aquí Pablo no podría ser más claro: "Porque si siendo enemigos", dice, en la 
primera línea, "fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo ". 

Con esas palabras ante nosotros, es difícil mantener la idea de que la muerte 
de Jesús, como tal, no realizó nada. No, dice Pablo, fuimos "justificados en su 
sangre" (Romanos 5:9). 

Lejos de ser una idea aislada, ese sentimiento permea prácticamente todas las 
Escrituras. Y que, si bien es importante aceptar la noción de Jesús como mo- 
delo o ejemplo, no podemos ignorar los pasajes que lo presentan como sustitu- 
to, y todavía permanecer fieles a todas las Escrituras. Aquí hay algunos ejem- 
plos. Note, por favor, las palabras que están en cursiva: 

"Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el cas- 
tigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados" (Isaías 
53:5). "El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nues- 
tra justificación" (Romanos 4:25). "Mas Dios muestra su amor para con noso- 
tros, en que siendo aun pecadores. Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8). 
"Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió 
por nuestros pecados, conforme a las Escrituras" (1 Corintios 15:3). "Cristo nos 
redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición" (Calatas 3:13). 
"Quien murió por nosotros" (1 Tesalonicenses 5:10). "Así también Cristo fue 
ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos" (Hebreos 9:28). 
"Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que 
nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya heri- 
da fuisteis sanados" (1 Pedro 2:24). "Estos son los que han salido de la gran 
tribulación; y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre 
del Cordero" (Apocalipsis 7:14). 

Por más que nos esforcemos, no podemos ofrecer una exphcación racional para 
esta trascendente transacción. Porque en realidad no hay ninguna. No hay razo- 
nes lógicas para la cruz. Y nos extraviamos cuando permitimos que nuestra lógi- 
ca científica niegue la clara afirmación de la Escritura. El mensaje de la expia- 
ción que hallamos en las Escrituras es único en el universo. No hay nada con 
lo cual podamos comparar su tamaño. La Escritura es nuestra única fuente. Y 
lo que encontramos es que, lejos de ser un espectáculo intrascendente, la muer- 
te de Jesús se encuentra en el corazón mismo de la transacción. 



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Además, somos inducidos a pensar que, incluso la misma forma como murió 
tiene significado: no hay otra forma de comprender la declaración que se en- 
cuentra en Hebreos 9: 22, que dice que "sin derramamiento de sangre no se 
hace remisión" (cf. versículos 23-26). Es claro que el apóstol quiere que con- 
sideremos la muerte de Jesús a través del prisma del antiguo sistema de sacri- 
ficios, un sistema que señalaba a la clase de muerte que Jesús sufriría. 

Esa transacción divina ha sido ridicuhzada a través de los siglos, hasta hoy, in- 
cluso por los mismos cristianos. "Yo no creo que necesitemos una teoría de la 
expiación", dijo una participante en un congreso feminista nacional en 1995. 
"No creo que necesitemos gente colgando de horribles cruces, goteo de sangre y 
cosas por el estilo". 

Sin embargo, en realidad no tiene nada que ver con cosas que pensamos que 
necesitamos, sino con las que Dios sabe que necesitamos. La provisión se ha 
hecho, y todos tienen la libertad para aceptarla o rechazarla. Pero consultar 
nuestra propia sabiduría y nuestros prejuicios culturales, parece ser una forma 
inapropiada (incluso peligrosa) de proceder. 

Nacido para morir 

Como seres humanos, nos hemos acostumbrado a la muerte. Todos morimos. 
Es nuestra suerte. Pero ninguno de nosotros nació para morir. Al contrario, ¡na- 
cimos para vivir! Y consideramos trágico cuando alguien muere "antes de 
tiempo", como decimos, cortado en la flor de la vida. 

Jesús fue diferente. Él nació para morir. Se ofreció voluntariamente para venir 
en carne humana precisamente para poder morir por nosotros. Cuando se di- 
rigía hacia Jerusalén por última vez, comenzó Jesús a declarar a sus discípulos 
que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principa- 
les sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día" (Mateo 
16:21; cf. Marcos 8:31). La palabra griega dei (que aquí se traduce como "era nece- 
sario" es un término fuerte que se usa para expresar necesidad ineludible. Aquí, dice 
el comentarista bíbHco R. C. H. LensM, señala a algo que Dios se proponía para la 
misión del Salvador. "Estas cosas 'debían ocurrir"', y Jesús mismo quería que ocu- 
rrieran, "porque sin ellas no podría redimir al mundo". ' 

Por eso, Jesús ya no evita ir a Jerusalén, como lo había hecho en el pasado. Al con- 
trario, se dirige hacia allá a propósito. Vemos la "obligatoriedad" de ese viaje final, 

^ "Why Did Jesús Die?", Time, 12 de abril de 2004. p. 59. 
Lenski, The Interpretarían ofSt Matthew's Gospel, p. 634. 

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en palabras de Lucas. "Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido 
arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén" (Lucas 9:51). Vemos aquí una determi- 
nación, como si fuera un destino. Los eventos deben alcanzar su climax: era la 
razón por la cual había venido. "Jerusalén habría de ser el lugar de su sacrificio". 

Pedro, en su gran sermón el día de Pentecostés, dijo que Jesús ñie "entregado por 
el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios" (Hechos 2:23). La 
imphcación es que el juicio y la muerte de Jesús, lejos de ser incidental, habían 
sido preordenados por Dios. 

Pero la muerte de Jesús es tan misteriosa como su vida. Y, en esta conexión, su 
lucha en el Getsemaní es muy significativa. "Mi alma está muy triste, hasta la 
muerte", les dijo a Pedro, Santiago y Juan (Mateo 26:38). "Y estando en agon- 
ía", añade Lucas, "oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas 
de sangre que caían hasta la tierra" (Lucas 22:44). 

¿Qué era lo que pesaba tanto sobre el Salvador durante esta hora de dolorosa 
agonía? Nunca comprenderemos lo que ocurrió aquella noche al pie de los oli- 
vos. Pero fue allí donde se rindió a la inescrutable voluntad de Dios. Y fue allí, 
antes de que recibiera el primer golpe de manos humanas, donde comenzó a 
morir. Dijo Elena G. de White, en una declaración rebosante de significado te- 
ológico: "Habiendo hecho la decisión, cayó moribundo al suelo del que se hab- 
ía levantado parcialmente". Y esto significa que aunque más tarde fue muerto por 
manos romanas, el golpe fatal lo había herido horas antes, asestado por una mano 
gigantesca y corporativa. Nuestro pecado colectivo lo había herido de muerte. El be- 
ber aquella horrenda copa señala a una reahdad que está más allá de los clavos o 
los golpes humanos: a algo de dimensiones cósmicas, algo místico, algo trascen- 
dente a los acontecimientos ordinarios del espacio y el tiempo. 

El nació para morir, y lo sabía. Pero no iba a ser un secreto que ocurriera en su ca- 
ma, o en alguna cohna sohtaria. "A diferencia de otras grandes figuras rehgiosas, 
como la de Buda", dijo algitien, "la forma como Jesús murió importa grandemente 
a los cristianos. El cristianismo sería una religión muy diferente si Jesús hubiera 
muerto de un fatal ataque cardiaco junto al Mar de GaHlea". '" No, su muerte había 
de ser abierta ante el mundo, una declaración púbhca ante todo el universo. "Y co- 
mo Moisés levantó la serpiente en el desierto", le dijo Jesús a Nicodemo, "así es ne- 
cesario que el Hijo del hombre sea levantado" (Juan 3:14). 



Ibíd, pp. 634. 635. 
' Elena G. de White. El Deseado de todas las gentes, p. 642. 

Kenneth L. Woodward, "The Death of Jesús". Newsweek, 4 de abril de 1994. p. 3 
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Lo que logró con su muerte 

1. Restauración 

Los escritores del Nuevo Testamento usan una gran variedad de metáforas, imágenes 
y figuras en sus intentos por expresar la obra salvífica de Dios en Cristo. Hablan de sa- 
crificio, ofrenda, sustituto: Cristo "nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, 
oírenda [prosphoran] y sacrificio [thusian] a Dios en olor suave", dice Pablo en Efe- 
sios 5: 2. "Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar 
de en medio el pecado" (Hebreos 9:26; 10:14). 

La idea en estos pasajes es que su muerte ñie vicaria, sustitutiva (y hemos mencio- 
nado ya muchos de los pasajes más importantes arriba en este capítulo bajo el 
encabezado "Cómo lo enseña la BibHa"). Otros conceptos sugieren que a través de 
la muerte de Jesús nuestros pecados ñieron cubiertos, o borrados (Hebreos 2:17). 

Quizá la metáfora más alentadora de todas es la que se presenta en la palabra kata- 
llage, reconciliación. La idea que sugiere es que la raza humana entera quedó sepa- 
rada de Dios por causa del pecado y cada uno se convirtió en enemigo del reino 
de Dios. A través de la muerte de Cristo se ha restaurado la armonía entre Dios y no- 
sotros. Se ha realizado la expiación. Y el punto más importante que se debe notar aquí 
es que fue Dios quien tomó la iniciativa (Romanos 5:8-11). "Dios estaba en Cristo 
reconciliando consigo al mundo" (2 Corintios 5:19). 

2. Seguridad eterna 

Considerada en un sentido esencial, la muerte de Cristo obtuvo la seguridad eterna 
del universo (ese es, precisamente el tema del Apocalipsis). Y en la siguiente decla- 
ración, Elena G. de White reafirma eso precisamente: 

"El significado de la muerte de Cristo será visto por los santos y los ángeles. Los 
hombres caídos no pueden tener un hogar en el paraíso de Dios sin el Cordero inmo- 
lado desde el principio del mundo [...]. Los ángeles le tributan honor y gloria a Cristo, 
porque ni siquiera ellos están seguros, a menos que contemplen los sufrimientos del 
Hijo de Dios. Es a través de la eficacia de la cruz que los ángeles del cielo son guar- 
dados de la apostasía. Sin la cruz, no estarían más seguros contra el mal de lo que es- 
taban los ángeles antes de la caída de Satanás [...]. Todos aquellos que anhelan 
hallar seguridad, en el cielo o en la tierra, deben mirar al Cordero de Dios. El plan de 
salvación, al poner de manifiesto la justicia y el amor de Dios, proporciona una 
eterna salvaguardia contta la defección en los mundos no caídos, así como entre 
aquellos que serán redimidos por la sangre del Cordero". ' ' 



Elena G. de White, S/gnsoffte Tmes, 30 de diciembre de 1889; Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1106. 
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3. Esperanza eterna 

Golda Meier, Martin Luther King, Lyndon B. Johnson, Thurgood Marshall, Konrad 
Adenauer, Nikita Khruschev, Charles de Gaulle, Richard M. Nixon, Jacquehne 
Kennedy Onassis, Indira Gandhi. Si usted tiene más de treinta años, seguramente 
recordará una o más de estas personalidades mundiales en sus días de gloria. 
¡Cuánto poder manejaron en sus días! ¡Con cuánta frecuencia aparecieron ante los 
reflectores de la televisión! ¡Cuando aparecían, la gente tomaba nota! ¡Cuando 
hablaban, la gente ponía atención! 

Lo que tienen en común ahora es que todos están muertos. La muerte ha reclama- 
do sus derechos a todos ellos. Esto nos recuerda la descripción de la vida que hace 
Shakespeare: 

"Todos nuestros ayeres", dice, "han iluminado el camino que conduce al polvo de 
la muerte". 

La muerte. Hay algo obsceno acerca de ella. No es posible que hayamos sido crea- 
dos para ser víctimas desdichadas de este cruel monstruo. Cristo se hizo como 
uno de nosotros "para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la 
muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban 
toda la vida sujetos a servidumbre" (Hebreos 2:14, 15). Jesús, por medio de su 
muerte, le rompió los colmillos a la muerte, y pronto vendrá el día cuando este 
cruel enemigo ya no existirá más (1 Corintios 15:26). A través del prisma de la 
cruz podemos mirar más allá del horizonte de este tenebroso lugar que ahora lla- 
mamos nuestro hogar, a un üituro donde brilla la esperanza. 



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